jueves, 8 de marzo de 2012

El Melómano Cabreado #7

Entrada original para Satélite Media el día 8 de marzo del 2012.


Favor de no asaltar al pinchadiscos

30 de diciembre del 2011. Morelia, Michoacán, México.

Iba caminando por el boulevard Sansón Flores con una carpeta llena de discos copiados de mi fonoteca particular en una mano y una botella de agua en la otra, apenas había entrado la noche. Me acompañaba Édgar, uno de mis mejores amigos, que no veía desde hacía unos tres años y medio. Un día antes, en el bar Cáctux del centro de Morelia, me había encontrado a Salvador Munguía, locutor del ya longevo programa de radio “Los clásicos del Rock” y DJ residente del bar Limbo del boulevard García de León, hacia donde me dirigía ahora. En el Cáctux, Salvador y yo nos saludamos efusivamente y charlamos animados. Hablamos sobre nuestro presente, que él era padre recientemente y que le habían dado una paliza hace poco una noche que salió de fiesta y que, borracho como iba, se quedaba dormido en cada semáforo en rojo al regresar a casa. De una de esas pequeñas siestas lo despertó un coche que estaba al lado, sus tripulantes le pitaron y le gritaron “que no se durmiera”, a la vez que reían grotescamente. Al instante, Salvador supuso que aquello podría ir mal y aceleró pero fue perseguido. La huída terminó mal cuando “Chava” se estrelló y los agresores, que iban en un taxi, le golpearon brutalmente y le dejaron sin dinero y otras pertenencias. Me dijo que estuvo con collarín varios días y que a veces, cuando regresaba a su domicilio por las noches, se encontraba intranquilo.

Esa noche en el Cáctux bebimos mezcal por lo que nuestros sentimientos, relatos y evocaciones eran más eufóricos que de costumbre. Recordamos también el pasado, cuando él y Francisco Valenzuela, editor de la mejor revista de contracultura moreliana, Revés, decidieron hacer las Europas. Me visitaron en Madrid, cuando yo llevaba ahí ya casi dos años. Les recibí en mi casa y nos la pasamos de puta madre esos días, a pesar de que nuestra economía era tan penosa que a veces ni siquiera nos podíamos emborrachar o comer a gusto.

Con ayuda de ellos pude estrenarme como pinchadiscos en el Limbo a tan sólo unas semanas de mi llegada a Morelia (estaba ahí porque mi hermana se casaba y el compromiso era ineludible), y esa noche en el Cáctux Salvador me invitaba de nuevo justo al día siguiente a los platos para que amenizara la noche. Acepté, a pesar de que la primera vez fue una experiencia agridulce porque no me sentí del todo cómodo con la acogida que estaba recibiendo la música que estaba pinchando, y porque además mi hermano menor me confesó, en un momento de descanso, al calor febril de las cervezas que nos estábamos bebiendo, que se sentía a menudo triste porque no conservaba en su memoria ni un sólo recuerdo de nuestros padres juntos. Eso me desarmó, claro, y supe al instante que tenía que sacar a mi hermano del bar lo antes posible porque se estaba viniendo emocionalmente abajo.

Dije que sí porque me apetecía mucho pinchar lo máximo que pudiera, lo estaba deseando desde hace mucho; además el equipo del bar sonaba bastante bien y era un placer escuchar música a ese volumen.

Por eso iba con mi amigo Édgar hacia el Limbo, con ánimo divertido y naturalmente estrambótico. Ya a unas cuadras antes de llegar al bar presenciamos un mal presagio: el asa de la carpeta de los discos se deshilachó y fue a dar contra el suelo. La sostuve contra mi pecho el resto del camino.

En el bar nos encontramos con algunos amigos y conocidos típicos de la noche moreliana. Yo me acerqué a los platos y comencé a pinchar temas medianamente suaves y delicados al principio, y después más alocados y jaraneros. Al poco rato llegó mi hermano menor, Salvador Munguía, y Cecilia Díaz, amiga y mánager de la mejor banda actual de Morelia, Bufó-Bufó, que capitanea mi compadre Abidan Salinas, colaborador también de Satélite Media.

Me sentía mucho mejor esta segunda vez que la primera y eso se notaba, mis cambios entre canción y canción eran más certeros y seguros y mis elecciones más apropiadas de acuerdo a su progresión. Pinché, entre tantos otros, temas de Aldemaro Romero y Monna Bell, Parade, Opotopo, Los Pilotos, Marvin Gaye, Pet Shop Boys, Alaska y Dinarama, Prince, Carlos Berlanga, Tarántula, Centro-Matic, Radiohead, temas de bandas morelianas (¡hay que pinchar y valorar nuestros talentos, joder!) como los ya mencionados Bufó-Bufó y Roma Transtorner. Éstos últimos se encontraban ahí en el bar y se sorprendieron muchísimo al escuchar, de repente y sin previo aviso, uno de sus temas. Me preguntaron emocionados que dónde había conseguido el disco y me invitaron a una borrachera organizada por ellos días después pero tuve que rechazarla porque para entonces ya me encontraría de nuevo en Madrid. Uno de ellos me dio su e-mail pero lo perdí, desafortunadamente.

Pinché también el tema original del opening clásico de la serie animada Los Caballeros del Zodiaco y ha sido, hasta ahora, la canción más celebrada que he pinchado. Varios grupos en el bar cantaron a coro los versos del tema enfebrecidos (“Caballeros del Zodiaco contra las fuerzas demoníacas, guardan siempre en su corazón coraje para vencer”) y al final aplaudieron extasiados. Todo un acontecimiento, no daba crédito.

Cuando echaron el cierre del bar, recogí mis cosas, me alisté, y ya un poco ebrio me despedí y emprendí el regreso a casa con Édgar, que había estado ligando toda la noche con una chica, y con Cecilia (mi hermano se había ido antes porque ninguno de sus amigos se apareció por el Limbo).

Estábamos contentos porque la “actuación” había salido relativamente bien y nos dirigíamos andando hacia la casa de mi madre, no muy lejos de ahí, a unos quince minutos de distancia, lugar donde Édgar y yo pasaríamos la noche y donde pediríamos un taxi para Cecilia.

En el camino por el boulevard García de León, Édgar se empeñó en que él llevaría la carpeta con los discos. “Seré el guardián de tu música”, me dijo. Cruzamos el boulevard al lado de los números pares (el Limbo es el 1341), caminando en contra de los coches, y apenas al recorrer unas cinco cuadras un taxi, de la compañía Taximich, nos embistió bruscamente. Yo tenía el cofre de frente, por lo que pude haber sido arrollado de pleno si el taxi no se hubiese detenido a tiempo.

Entonces, como un relámpago, ocurrió todo: del lado del copiloto salió un hombre más alto y fornido que cualquiera de nosotros, señalando a Édgar y acercándose peligrosamente a él. Lo agarró por el cuello mientras Édgar forcejeaba y se quejaba. Cecilia, asustada, no sabía qué hacer y lo único que alcanzaba a articular eran suaves alaridos de terror y confusión. El bravucón intentaba subir a Édgar al taxi pero éste, en un atisbo de habilidad y suerte, cerró de un portazo la puerta. Fue en ese momento cuando yo salí de mi embeleso y me acerqué para agredir al tipo. Difícilmente le di apenas un empujón, que sin embargo fue suficiente para que Édgar aprovechara el momento de caos y se lograra zafar, quitándose el abrigo, al tiempo que daba un codazo. Yo grité entonces “¡vámonos!”, Édgar comenzó a alejarse, el tipo estiró sus brazos pero tan sólo pudo arrebatarle la carpeta de discos. Fugazmente se subió al taxi de nuevo y salieron rápidamente por una lateral. Nosotros cruzamos el boulevard y nos refugiamos en el Tacópolis, que estaba abierto pero con pocos clientes. Observamos entonces que, del otro lado de la calle, el taxi regresaba al boulevard y aparcó cerca de una discoteca. Nos estaban esperando. Confundidos, terminamos por llamar a la policía, con pocas esperanzas puestas de mi parte. Después de largos casi veinte minutos llegó una patrulla con dos somnolientos policías que escucharon nuestras descripciones y le señalamos el taxi que permanecía todavía ahí, a la espera.

Nos acercamos a él, pero el tipo que nos había agredido ya no estaba, probablemente había huido con nuestras cosas. Sólo estaba el conductor, que tenía muchas multas sin pagar, según los datos de los policías. El taxi no llevaba placas y sus vidrios eran polarizados. Como no estaban ya nuestras cosas no pudimos comprobar nada y como la policía mexicana no se esfuerza mucho no quisieron hacer nada más, alegando que aquellas infracciones (los vidrios, las multas, las placas) no les correspondían a ellos, sino al Departamento de Tránsito. Hazme el chingado favor. Cecilia todavía tenía ánimos de debatir pero los policías no y literalmente nos soltaron algunas perlas como: “Uy, señorita, a esta hora de la noche hay un montón de taxis sin placas porque son taxis ilegales, esto es normal”. Increíble es poco. Ya sin ganas de nada nos despidieron los policías sin hacerle absolutamente nada al taxi y nosotros volvimos a cruzar el boulevard, esperamos un rato prudencial, nos subimos a otro taxi (es que ya no se puede confiar en nadie, qué mierda) y pasamos el resto de la noche en casa de mi madre, comiendo quesadillas y comentando el altercado. Aquello no había sido un asalto sino un intento de secuestro, que es aún mucho peor.

Era raro en cierta medida porque no estábamos asustados ni escandalizados, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Al final, como buenos mexicanos, banalizamos la situación y bromeamos sobre el tema: “Qué tal si esos tipos se convierten en grandes melómanos por tu culpa, qué tal si les has descubierto la música, todo un mundo nuevo”, exponía Édgar. “Uno de ellos entonces se convertirá en DJ Rata, y le quitará el puesto a Salvador y a mí”, respondía yo. Cecilia quería que pusiéramos una denuncia, pero yo rechacé la propuesta porque me quedaban pocos días en México y no quería perder el tiempo en eso, Édgar saldría pronto de la ciudad también y dudo que Cecilia lo hubiese hecho al final. Da igual, no hubiésemos conseguido nada…

¿Ahora comprenden lo que quiero decir cuando digo que los pinchadiscos y los melómanos no conocemos otra cosa en nuestras vidas mas que el sufrimiento y la pesadumbre?












Los Caballeros del Zodiaco – Opening

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